De igual intensidad es, la resiliencia y las ansias de devorar. Gula maldita, persistente y dañina.
¿De qué nos sirve esa naturaleza resiliente si es mayor la codicia disfrazada de progreso, disfrazada de bienestar?
Cierto es el futuro, más cercano que tardío, que nos tira de los pies y nos jala hacia sus fauces para recuperar lo perdido. La tierra pide lo suyo, lo que no fuimos capaces de cuidar.
Remilgos y rabietas, sollozos y lamentos, alimentan la llama del universo de la tierra que viene a reclamar lo suyo. Ingenua fue al albergar, una vida que yacía inerte desde sus comienzos, una vida que nació para autosabotearse, para mirar de soslayo el sufrimiento ajeno, para devorar y consumir sin hambre si quiera. Obvio, sólo por que podía.
Miro expectante la función y espero el colapso, de quienes fuimos, de quienes somos y espero no seamos más...
